“La actual Universidad española no nos gusta. Quien diga otra cosa no es sincero; o, lo que casi es peor, no sabe lo que debe ser una Universidad. No nos gusta, en primer término, a los universitarios; no gusta, por otra parte, a los pocos españoles para quienes la Universidad es objeto de algún cuidado espiritual. Pero, ¿es posible en España una universidad verdaderamente satisfactoria? No plantearse de frente este radical problema equivale –apuremos el símil botánico– a residir perpetuamente en las ramas.”

Con estas palabras comienza el colosal artículo de don Pedro Laín Entralgo (1908-2001) sobre la universidad española, publicado en Alcalá. revista universitaria española, y que pone el dedo en la llaga sobre los males que aquejan a nuestra institución en una actualísima reflexión ¡de 1952! El entonces rector de la Universidad Central de Madrid (hoy Complutense) ponía sobre el tapete de la discusión la necesidad de atender a la Universidad como sede de la especulación científica. Laín se lamenta del escaso interés de los españoles por la ciencia y, en general, el conocimiento científico. El desprecio -entiéndase como indiferencia o rechazo apriorístico de todo lo que huela a análisis ponderado o concienzudo de la realidad- del español medio a la ciencia contrasta con otros campos de la vida de los que los que el genio español ha sido adalid: la literatura, la pintura, la mística, el arte militar,… Frente a la ciencia, hemos sufrido como pueblo una parálisis propia de quien ha mirado con recelo la ilustración y el pensamiento liberal.

“Los españoles mejores han solido ver el Universo como simple escenario de una creída salvación ultraterrena o de una soñada salvación histórica; y la masa de los españoles medianos y peores tiende a considerar la realidad como mero estímulo de una fruición ocasional e inmediata.”

En cambio, y en una reflexión más reciente, la universidad ha sido usada para lograr el poder, ascender en la escala social o darse ínfulas académicas para lograr objetivos políticos. En nuestros días seguimos asistiendo a escenas políticas que confirman dicha instrumentalización abusiva de la universidad para devolver favores al poder económico, en forma de honores académicos y doctorados honoris causa -muy valorados por sus receptores-, y para crear un caldo de cultivo ideológico alrededor de profesores que desean encaramarse al poder político sin el menor respeto por la búsqueda de la verdad y la especulación científica y, lo que es peor: sin el menor respeto por la libertad de pensamiento de sus propios alumnos.

“¿No habremos de concluir entonces que la sed de lucro, relieve social y confortación, tan viva y espoleante entre todos los españoles desde hace varios lustros, ha prendido también en las almas de nuestros mejores hombres de ciencia, con detrimento de su entrega al oficio científico y universitario y, en definitiva, de su obra más propia? ¿No estamos asistiendo, por otra parte, al deliberado empeño de algunos por identificar el «poder universitario» –o la pretensión de ese poder– con el «espíritu universitario»? ¿No son tantas veces confundidos el «hablar de la Universidad» y el «hacer por la Universidad»? Que cada lector procure buscar por sí mismo las tres respuestas.”

La ausencia de universidades españolas en los rankings internacionales, la dificultad de casar los programas de las distintas carreras con la realidad dinámica del mundo en que vivimos y la crisis de la institución debida a múltiples factores, me llevó ya en 2012 a plantear en diversos foros, aunque reconozco que con cierta timidez, algunas pautas generales para la mejora del sistema universitario, y que reproduzco sintéticamente a continuación:

1. Mejora de los sistemas de gestión. La organización tiene que estar al servicio de la estrategia, y nunca al revés. Los numerosos centros, órganos, cátedras que van surgiendo en nuestra universidades como hongos bajo la lluvia de la ocurrencia política o rectoral de turno, se tornan eternos, puesto que es imposible clausurarlos o al menos reasignar a su personal por la trama de intereses sociopolíticolaborales que se han creado alrededor. Una adecuada estrategia, aunando las legítimas aspiraciones investigadoras con la búsqueda de un espacio digno en el mapa universitario, debe ofrecer sistemas de gestión dinámicos, basados en la eficiencia y en el mérito.

2. Distinguir empleabilidad de conocimiento. La Universidad prepara y forma profesionales del conocimiento, pero esta no es su única misión. Saber distinguir el desarrollo de la ciencia de la formación de profesionales aptos y abiertos a nuevos aprendizajes es misión de los responsables de las universidades. Hasta hace poco, no entendía la diferencia clave entre docentes e investigadores. Ahora, veo con más claridad la distinción entre ambas funciones en el marco universitario. Los investigadores se entregan a la causa de la ciencia; los docentes, divulgadores, formadores en el sentido amplio, a la de abrir la puerta del futuro a los estudiantes.

3. Apoyar la diferenciación. Una Universidad, como cualquier organización humana, no puede ser buena en todo. Elegir es renunciar, y la especialización inteligente presente en nuestra naturaleza debe llegar también a nuestras Facultades y Escuelas. En España, no hay alcalde de ciudad mediana que se precie que no reclame para su localidad una escuela de ingenieros industriales o una facultad de periodismo, basando su petición en deseos más que en realidades, en intereses más que en un planteamiento verdaderamente sostenible. Responder a las preguntas ¿en qué somos buenos?, o ¿qué nos hace diferentes? atraerá capital humano y económico.

3. Formar con los mejores a los profesores jóvenes. Cuando hace veinticinco años quise con todas mis fuerzas dedicarme a la enseñanza universitaria, mi profesor don Luis Puchol, me dio, quizá, el mejor consejo que me han dado nunca: ‘Vete; conoce el mundo; aprende; y cuando tengas algo que contar, vuelve”. Y, desconcertado y sin entender cómo mi alma mater me cerraba sus puertas, me puse a trabajar en el mundo empresarial. A los pocos años, regresé, y esta vez ya con cosas que contar, con experiencias que sistematizar. Nunca agradeceré lo suficiente ese consejo. El gran problema de algunos profesores jóvenes de disciplinas prácticas, sin otro currículum que haber pasado a limpio los apuntes del catedrático, debe ser enmendado con sistemas que promuevan la movilidad y que prohiban de forma natural lo que se ve como natural: el paso de ser alumno aventajado a profesor ayudante sin que haya mediado en ningún caso experiencia de vida profesional. Y cuanto más lejos, mejor.

4. Promover una selectividad real. Junto a la selección del profesorado, también la universidad debe exigir unos mínimos conocimientos a sus alumnos. Algo falla en el sistema cuando los vicerrectores de estudiantes de las universidades públicas se ufanan de que los aprobados de la Selectividad superen el 95%. Pero, ¿qué selección es esa? Como a cualquier centro de formación en el que se valore la vocación, tan solo debería ir a la universidad quien tenga las aptitudes necesarias, tras un bachillerato aceptable por el sistema. Dice Eugenio Palomero que ‘un país está al nivel que está su bachillerato’.

No. No nos gusta nuestra universidad. Han sido decenas de años de confusión sobre sus fines y su misión. Bolonia ha contribuido en gran medida a aumentar dicha confusión y a infantilizar -si cabe, más- el sistema. Pero, como decía Laín, sigamos haciendo, intentemos en la medida de nuestras fuerzas acercar la verdad a nuestros alumnos, profundizar en el ser universitario y ofrecer a la sociedad el resultado de nuestras investigaciones. Trabajemos para lograr una mejora de la formación científico-técnica de nuestros jóvenes y, en pararelo, construyamos una universidad lo suficientemente segura de sí que no tenga que esperar a que otros le marquen el camino.


ENLACE:

  • Laín Entralgo, Pedro (1952). La Universidad como empresa.  Alcalá. revista universitaria española. Madrid, 25 de abril de 1952, número 7. Descargar artículo completo.