De todos los encuentros personales que he tenido en mi vida, los que más me han impresionado han sido los que he mantenido con las personas ciegas. Alguien como yo, que se considera visual por excelencia, siempre ha intentado adivinar cómo sería el mundo sin luz, a oscuras, sin atardeceres, sin sonrisas y sin respuestas no verbales a mis preguntas.

Y mis conversaciones con ellos me han abierto definitivamente otros ojos: unos ojos que captan aquello que llamaré “lo sensible no visible”, y es aquello que no se ve y, empero, existe. Cuenta Ayllón (2013:14) que cuando un alumno preguntó durante una de su clases a Viktor Frankl si aquel podía diseccionar un cadáver para ver si encontraba allí el alma humana, este, lejos de irritarse, se interesó acerca del porqué de esa petición tan extravagante e irónica. —”Por amor a la verdad” — respondió el joven aprendiz. — “El amor a la verdad tampoco se puede encontrar en una disección y también existe”—dicen que respondió el psiquiatra.¹

Mi maestro Luis Puchol insistía durante sus clases en la recomendación de cultivar nuestra habilidad para hablar por teléfono en el trato diario. “Sonreíd siempre que habléis por teléfono. La sonrisa -nos decía- se percibe telefónicamente.”  Hay algo que no se percibe por los sentidos pero existe, está. Las personas sin el sentido de la vista han sabido darse la vuelta, como una gabardina, y ser sensibles a esas percepciones misteriosas para proyectarlas de una forma que no sé ni puedo describir. Ese misterio de saber qué sucede sin estarlo viendo, es fruto de un corazón ancho, abierto, y un esquema perceptivo hasta cierto punto libre de prejuicios.

Manolo murió en los primeros años de este siglo. Lo conocí en el coro de la parroquia; era el marido de Fidela. Manolo habría podido ser lo que se dice un ciego clásico, con gafas grandes y oscuras, aseado, prudente, sonriente… si no fuera porque su acompañante, en este caso, no era un perro guía, sino nada menos que un acordeón, un pesado acordeón que trataba con una dulzura extrema. Manolo, en las ocasiones festivas, aun siendo mayor, se ceñía el instrumento como quien se estuviese revistiendo con el peto y espaldar de una armadura, con seriedad y liturgia, pero sin aspavientos o fanfarronería, y se ponía a tocar magistralmente lo que le pidiesen: copla, pasodoble, jota… Él no veía, pero era capaz de captar con los ojos del alma la alegría reinante, el ambiente alrededor. Nunca perdió la sonrisa. Luego, atando cabos, supe que Manolo había formado parte de una orquesta llamada ‘Los invencibles’. Conservo en mi memoria la voz serena y uniforme de Fidela, durante el funeral de su compañero de vida, cantando alegre y dando gracias por la existencia de Manolo cuando los demás ni siquiera podíamos contener la emoción.

Ahora, cuando me dirijo a un ciego, me esfuerzo por mantener la curiosidad que tenía cuando era (?) niño. Intento observar, valga la paradoja, qué hay de especial en esos ojos, en esos movimientos, que le hacen ser capaz de percibir con esa otra mirada sentimientos y estados de ánimo. Y, como un niño, siempre he querido sentirme reconocido por un ciego, y que este sonría y esboce un gesto de agrado cuando escuche mi voz. Porque en la vida hay algo más importante que conocer: reconocer. Y si alguien te reconoce con los ojos del alma, puedes estar seguro de que será el mejor regalo que puedas recibir en toda tu vida. Con esos ojos profundos que no todos sabemos usar porque las impresiones de los sentidos nos los esconden, nos los taponan. Porque la luz y los atardeceres pueden esperar, y las sonrisas la las respuestas no verbales pueden dejar paso a esa mirada profunda que solo conoce quien no está preocupado por la realidad formal.

Ya sé por qué los ciegos miran siempre hacia arriba cuando hablan, cuando caminan, cuando te escuchan: porque están atentos -con los ojos del alma- a lo que les susurra el cielo, para compartirlo con los demás en forma de sonrisa.


1. Ayllón, J.R. (2013): Antropología paso a paso. Madrid: Palabra.