Así comienza el mítico vigésimo verso del Cantar de Mío Cid que ha dado tanto que hablar acerca de sus múltiples interpretaciones. Unánimemente, los expertos —y Cito a Boix, entre otros, en (1)— relacionan el primer hemistiquio del verso con Rodrigo Díaz de Vivar, el cid, el héroe con más epítetos de nuestra historia y de nuestra literatura, quizá igualado por don Quijote.

¡Dios, qué buen vasallo!

En la anáfora de la primera parte, el autor hace pronunciar al pueblo una expresión de admiración por el héroe, que ahora se bate en la peor de las retiradas, que es el exilio. Ya en la segunda parte del verso, el pueblo burgalés lamenta el destierro del Cid y hace una misteriosa alusión al rey Alfonso VI que tan mal se habría portado con el caballero, el mejor de su reino, sometiéndole a un destierro incomprensible:

(…) ¡Si oviesse buen señor!

Que es decir: “Qué buen vasallo sería si tuviera un buen señor a quien servir.” Pues bien: no todos los expertos —y de ahí la polémica— coinciden en que ese buen señor tenga que ser Alfonso, por otra parte, un gran rey, que incluso perdona a mío Cid en otro lugar del relato.

Garci-Gómez (1975) exonera a Alfonso y aporta una solución profunda pero, a mi juicio, no completa, por la que hace que el buen señor del verso sea nada más y nada menos que Minaya Alvaz Fáñez, lugarteniente del Cid que, a modo de hombre bueno, sea el que que medie entre el rey y el Campeador. Así, respetando la absoluta fidelidad del pueblo burgalés, del que es imposible que salga una mala palabra hacia su rey don Alfonso, este investigador plantea que no es posible una censura abierta al rey :

(…) Los burgaleses, como observadores de la acción en su devenir circunstancial, compasivos y curiosos, suspiraban para desahogarse; su exclamación es un suspiro, no la formulación de un veredicto.  Los burgaleses, personificando, más que ningún otro personaje, al auditorio del juglar, se conmovieron al ver al Cid en la desgracia más grande que podía acaecerle a un mortal: la ira del rey.  Aunque no estuvieran libres de sospechas sobre la conducta del guerrero, en sus corazones cabía la lástima y la compasión; máxime cuando el desgraciado se mostraba compungido y, a imitación del paciente Job, daba gracias a Dios y ánimos a su acompañante.  De verdad se portaba como buen vassalo. (…) (2)

Con el paso de los siglos ha prevalecido en el saber popular la primera de las interpretaciones, que es aquella dual, que no reclama un mediador interpuesto y que deja a las claras que un buen señor necesita, sí, un buen vasallo que le honre y le acompañe, pero un buen vasallo, a su vez, requiere de un buen señor (“A tal señor, tal honor”, dice el dicho popular). Las relaciones de confianza (valga la redundancia) que se establecían en la Edad Media bien pueden ilustrar la necesidad actual de las organizaciones humanas de atajar de una vez por todas el problema de la auctoritas en aquellas. Porque un directivo no puede ni debe ignorar el efecto de sus decisiones en sus subordinados o colaboradores, y debe ser digno de confianza para que las aptitudes de todas las personas que con él laboran rindan al máximo, con la máxima plenitud, con la mayor de sus capacidades. Si un dirigente, cualquiera que sea su rango, no está a la altura de sus vasallos (entiéndanme el símil los contaminados por la corrección política), estos no darán lo mejor (el magis ignaciano) en su trabajo y en sus empresas.

luz-al-final-tunel-L-jbkx8HLas relaciones basadas en la autoridad y en el poder no distan de las de hace mil años: el que ejerce el poder en una organización tiene medios a su alcance para ejecutar sus decisiones (legislación laboral, salario, despido, normativa, mapa de tareas) y el que co-labora para el éxito de la organización participa de un vasallaje sui generis en el que la confianza, la protección de la empresa hacia sí y la defensa de intereses comunes forman este entramado de relaciones jefe-empleado o, dicho más suavemente directivo-colaborador. ¿Qué pasa con los colaboradores excelentes, dispuestos y competentes cuando caen en las redes de un ‘sobrinísimo’, de un directivo incapaz o de un responsable de departamento que no se comporta como un buen señor? 

Hace unas semanas, una alumna que se aprestaba entusiasta a realizar el denominado Trabajo Fin de Grado en su facultad, me planteaba su interés en investigar el modelo de gestión por confianza del profesor José María Gasalla. Días después, tras arduos intentos de encontrar, como en la Sodoma y Gomorra bíblicas, un solo justo (¿hombre bueno?) que aplicase el modelo en sus empresas, llegó a la simple conclusión de que ninguna organización de las que había investigado, aun conociéndolo, llevaba a cabo dicho modelo.

Hay que salir de esta iteración que no conduce a resultados a corto plazo y deteriora los comportamientos: los colaboradores regresarán desanimados a sus zonas de confort, y se reducirá la generación de ideas y de entusiasmo hacia las tareas. ¿Cuál es el secreto para recuperar esas relaciones?, ¿cuál es la clave para que el directivo recupere el honor de servir, de estar a la altura moral que requieren sus colaboradores? Me temo que si lo supiéramos no estaríamos aquí. El secreto es algo que no consiguen las charlas motivacionales, ni los mecanismos que venden inmediatez en los resultados. Ahora, tan solo puedo ver una lucecita, como la que veía hace unas semanas mientras atravesaba el túnel entre el lago de Sete Cidades y Mosteiros, y algo me dice que esa lucecita es la paciencia.


Fuentes:

  1. http://bulletinhispanique.revues.org/787?lang=es#tocto1n4
  2. Garci-Gómez, M. (1975) ‘Mio Cid»: arte del exordio y revisión de «Si oviesse buen señor»’, Revista de Estudios Hispánicos, 9, 1975, pp. 181-194. En http://mgarci.aas.duke.edu/celestina/ANONIMO/MIO-CID/ENSAYOS/EST-ENDO-04.HTM